La habilidad que está desarrollando Pedro Sánchez en operaciones tácticas ha tenido su última expresión el lunes y el martes de esta semana.

 A puerta gayola, una semana después de las elecciones generales, habiendo anunciado que el PSOE no movería ni una pestaña en temas de pactos hasta pasadas las elecciones autonómicas y locales del próximo 26-M, el presidente en funciones del Gobierno convocaba en Moncloa a tres líderes políticos. A Pablo Casado, en nombre del Partido Popular -a quien ha acribillado verbalmente en esta campaña, escorándole a la derecha más carpetovetónica-, a Albert Ribera, de Ciudadanos, y a quien también le ha repartido estopa literaria, mientras le temía por la fuga de votos moderados que se han ido con la formación naranja, y a Pablo Iglesias, de Unidas Podemos, el partido que se ha quedado atrapado en sus propias siglas y que no tiene más libertad de movimiento que las migas que le dispensen los socialistas, en vista de que otras nuevas elecciones puede acabar absolutamente con ellos.

Con este balance, la cabeza pensante de Pedro Sánchez, Iván Redondo -del que tanto se han reído después algunos populares que lo conocían de roces anteriores cuando preparaba campañas para ellos- ideó para esta semana una puesta en escena impecable.

A modo de presidente de la República, saltándose el respeto al Rey, que sí ha mantenido el impasse electoral aparcando la ronda de contactos hasta después del 26-M, sin mesas de las cámaras, sin presidente o presidenta del Congreso, Sánchez se ha reunido con los tres principales líderes nacionales, mezclando con aparente disimulo adversarios y futuros socios de Gobierno.

Siempre con un tono institucional -que no correspondía ni por tiempo ni por protocolo, menos aún porque además hay unas elecciones en ciernes y parece que aprovecharse de una institución en estas circunstancias no resulta demasiado decoroso-, el candidato con más posibilidades de ocupar La Moncloa aumentó desde estas mismas dependencias su book fotográfico, con el que va cincelando un aspecto de líder contemporáneo y contemporizador, ahora que todo lo que está a su derecha está que trina.

La trampa en sí no solo está en el formato. El cebo va más allá. Sánchez ha conseguido que se hable de la rivalidad por el liderazgo de la oposición entre Casado y Rivera. Ha logrado descafeinar el desafío catalán, afirmando desde Moncloa que se abren vías de diálogo para que los partidos estén informados, mientras jugaba al despiste y cerraba el nombre de Miquel Iceta para presidir el Senado, el socialista que en las elecciones catalanas habló a las claras de indultos.

Con esta actuación, además, Sánchez ha forjado su papel de estadista, mientras achicaba plásticamente a un Pablo Iglesias, pese a que estuvo más tiempo que ninguno con él encerrado, lo que por cierto dejó al líder morado sin fuerzas como para enfrentarse más de cinco minutos a la prensa. Fiasco.

En definitiva, una operación redonda de Redondo, en la que Sánchez ha ganado puntos gratis y ha debilitado a sus rivales, sin dar ni una sola explicación ni oportunidad para que los medios le preguntaran, por ejemplo, por el error de cálculo del déficit de su Plan de Estabilidad enviado a Bruselas, por el que incluso Pierre Moscovici le acaba de llamar la atención.



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